Arrependimento
O arrependimento é a porta da graça. A Bíblia declara que Deus não deseja a morte do ímpio, mas que se converta e viva. Arrependei-vos, pois o Reino dos Céus está próximo.
Chamado ao arrependimento
Arrependei-vos, porque o Reino dos Céus está próximo. Quem se arrepende e confessa encontra restauração e perdão.
Desde entonces Jesús comenzó a predicar, y decía: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado.»
Produzcan frutos dignos de arrepentimiento,
Vayan y aprendan lo que significa: "Misericordia quiero, y no sacrificio". Porque no he venido a llamar a los justos al arrepentimiento, sino a los pecadores.»
Decía: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepiéntanse, y crean en el evangelio!»
¡Pues yo les digo que no! Y si ustedes no se arrepienten, también morirán como ellos.
Yo no he venido a llamar al arrepentimiento a los justos, sino a los pecadores.»
Y Pedro les dijo: «Arrepiéntanse, y bautícense todos ustedes en el nombre de Jesucristo, para que sus pecados les sean perdonados. Entonces recibirán el don del Espíritu Santo.
Por lo tanto, arrepiéntanse y vuélvanse a Dios, para que sus pecados les sean perdonados
Dios, que ha pasado por alto esos tiempos de ignorancia, ahora quiere que todos, en todas partes, se arrepientan.
A graça do arrependimento
Os que eu amo, eu repreendo e disciplino. Arrepende-te! Deus não quer que nenhum se perca — mas que todos cheguem ao arrependimento.
A todos los que amo, yo los corrijo y los castigo; así que muestra tu fervor y arrepiéntete.
El Señor no se tarda para cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que nos tiene paciencia y no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se vuelvan a él.
porque yo no quiero que ninguno de ustedes muera. Así que vuélvanse a mí, y vivirán.
—Palabra de Dios el Señor.
si mi pueblo, sobre el cual se invoca mi nombre, se humilla y ora, y busca mi rostro, y se aparta de sus malos caminos, yo lo escucharé desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra.
Ezequías celebra la pascua
Después Ezequías envió mensajeros por todo Israel y Judá, y escribió cartas a Efraín y a Manasés, para que vinieran a Jerusalén y celebraran la pascua del Señor y Dios de Israel en el templo del Señor.
El rey había acordado con sus príncipes y con toda la comunidad de Jerusalén el celebrar la pascua en el mes segundo,
ya que entonces no la podían celebrar por no haber suficientes sacerdotes santificados, ni tampoco el pueblo se había reunido en Jerusalén.
Este acuerdo fue del agrado del rey y de toda la multitud,
así que decidieron hacer correr la voz por todo Israel, desde Berseba hasta Dan, para que vinieran a celebrar la pascua del Señor Dios de Israel en Jerusalén, pues hacía mucho tiempo que no la habían celebrado tal y como está escrito.
Partieron mensajeros por todo Israel y Judá con cartas personales del rey y de sus príncipes, tal y como el rey lo había mandado, y las cartas decían:
«Israelitas, vuélvanse al Señor, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Israel, y él se volverá al remanente que se libró del poder de los reyes de Asiria.
No sean como sus padres ni como sus hermanos, que se rebelaron contra el Señor y Dios de sus padres. Por eso él los entregó al desconsuelo, como pueden verlo.
No sean testarudos como sus padres, sino sométanse al Señor y vengan a su santuario, que él ha santificado para siempre. Sirvan al Señor su Dios, y el ardor de su ira se apartará de ustedes.
Si ustedes se vuelven al Señor, sus hermanos y sus hijos serán tratados con misericordia por quienes ahora los tienen prisioneros, y volverán a esta tierra, porque el Señor su Dios es bondadoso y misericordioso, y no les volverá la espalda si ustedes se vuelven a él.»
Los mensajeros fueron de ciudad en ciudad por la tierra de Efraín y Manasés, hasta Zabulón; pero la gente se reía y se burlaba de ellos.
Sin embargo, hubo algunos de Aser, de Manasés y de Zabulón que se humillaron y acudieron a Jerusalén.
En Judá también estuvo la mano de Dios para hacer que se pusieran de acuerdo y cumplieran el mensaje del rey y de los príncipes, conforme a la palabra del Señor.
Y así, en el mes segundo mucha gente se reunió en Jerusalén para celebrar la fiesta solemne de los panes sin levadura. Hubo una extensa reunión
que se levantó y quitó los altares que había en Jerusalén, y que además quitó todos los altares de incienso y los echó al torrente de Cedrón.
El día catorce del mes segundo se ofreció el sacrificio de la pascua. Los sacerdotes y los levitas, llenos de vergüenza, se santificaron y llevaron los holocaustos al templo del Señor,
tomaron sus turnos acostumbrados, conforme a la ley de Moisés, hombre de Dios, mientras los sacerdotes esparcían la sangre que recibían de manos de los levitas.
Y es que en la comunidad había muchos que no estaban santificados, y por eso los levitas sacrificaban la pascua por todos los que no se habían purificado, para consagrarlos al Señor.
Una gran multitud del pueblo de Efraín y Manasés, y de Isacar y Zabulón, no se había purificado, así que comieron la pascua sin cumplir con lo que está escrito; pero Ezequías oró por ellos, y dijo al Señor:
«Tú, Dios nuestro, que eres bueno, sé favorable a todos los que de corazón se han preparado para buscarte,
aunque no estén purificados según los ritos de purificación del santuario. Tú eres el Señor, el Dios de sus padres.»
Y el Señor escuchó la oración de Ezequías, y sanó al pueblo.
Así, durante siete días, los israelitas que estaban en Jerusalén celebraron con gran gozo la fiesta solemne de los panes sin levadura; y todos los días los levitas y los sacerdotes glorificaban al Señor, mientras cantaban con sonoros instrumentos.
Ezequías, por su parte, habló con mucho cariño a todos los levitas hábiles en el servicio del Señor, y durante siete días comieron de lo sacrificado en la fiesta solemne, y ofrecieron sacrificios de paz y dieron gracias al Señor y Dios de sus padres.
Todos los allí reunidos acordaron celebrar la fiesta durante siete días más, y con mucha alegría lo hicieron así.
El rey Ezequías de Judá había donado a la asamblea mil novillos y siete mil ovejas; también los príncipes dieron al pueblo mil novillos y diez mil ovejas, y muchos sacerdotes ya se habían santificado.
Y así, toda la comunidad de Judá se alegró, lo mismo que los sacerdotes y levitas, y toda la multitud que había venido de Israel, y también los extranjeros que habían llegado de la tierra de Israel y los que habitaban en Judá.
Hubo gran alegría en Jerusalén porque, desde los días de Salomón, el hijo del rey David de Israel, no había habido en Jerusalén una celebración semejante.
Después los sacerdotes y levitas se pusieron de pie y bendijeron al pueblo, y su voz fue escuchada, y su oración llegó hasta el cielo, hasta la mansión de Dios.
Desgárrense el corazón, no los vestidos, y vuélvanse al Señor su Dios, porque él es misericordioso y bondadoso, lento para la ira y grande en misericordia, y le pesa castigar.
Llamamiento a volverse al Señor
En el mes octavo del segundo año de Darío la palabra del Señor vino al profeta Zacarías hijo de Berequías, hijo de Iddo, y dijo:
«El Señor está muy enojado contra los padres de ustedes.
Así que dile al pueblo: "Así ha dicho el Señor de los ejércitos: Vuélvanse a mí, y yo me volveré a ustedes."
—Palabra del Señor de los ejércitos.
»No sean como sus padres, a quienes los profetas del pasado clamaron y dijeron: "Así ha dicho el Señor de los ejércitos: Apártense ya de sus malos caminos y de sus malas obras", pero ellos no me hicieron caso ni me escucharon.
—Palabra del Señor.
»¿Y dónde están ahora sus padres? ¿Y acaso los profetas viven todavía?
¿Y acaso las palabras y ordenanzas que di a mis siervos los profetas no alcanzaron a los padres de ustedes? Por eso ellos se volvieron a mí, y dijeron: "El Señor de los ejércitos nos ha tratado en conformidad con lo que merecen nuestros caminos y nuestras acciones."»
La visión de los caballos
El día veinticuatro del mes undécimo, que es el mes de Sebat, del año segundo de Darío, la palabra del Señor vino al profeta Zacarías hijo de Berequías, hijo de Iddo, y dijo:
«Una noche vi a un hombre cabalgando un caballo alazán. Estaba entre los mirtos que había en la hondonada, y detrás de él había caballos alazanes, overos y blancos.
Yo pregunté: "Mi señor, ¿quiénes son estos?" Y el ángel que hablaba conmigo me dijo: "Voy a mostrarte quiénes son."
»El hombre que estaba entre los mirtos respondió y dijo: "Estos son los que el Señor ha enviado a recorrer la tierra."
Ellos, por su parte, hablaron con el ángel del Señor que estaba entre los mirtos y dijeron: "Hemos andado por toda la tierra, y esta se halla reposada y tranquila."
»Entonces el ángel del Señor respondió: "Señor de los ejércitos, ¿hasta cuándo vas a negarles tu compasión a Jerusalén y a las ciudades de Judá? ¡Ya has estado furioso con ellas durante setenta años!"
»El Señor respondió al ángel que hablaba conmigo, con palabras amables y reconfortantes.
Y el ángel que hablaba conmigo me dijo: "Levanta la voz y di: Así ha dicho el Señor de los ejércitos: Muy grande es mi amor por Jerusalén y por Sión.
Estoy muy furioso contra las naciones que viven tranquilas porque, cuando mi enojo no era tanto, ellos lo agravaron más."
»Por lo tanto, así ha dicho el Señor: "Volveré a compadecerme de Jerusalén. La plomada volverá a tenderse sobre Jerusalén, y en ella será edificada mi casa."
—Palabra del Señor de los ejércitos.
»Levanta la voz una vez más, y di: "Así dice el Señor de los ejércitos: Mis ciudades volverán a desbordar con abundancia de bienes, y yo, el Señor, volveré a consolar a Sión y a escoger a Jerusalén."»
Visión de los carpinteros y los cuernos
Después levanté la vista y vi allí cuatro cuernos.
Le pregunté al ángel que hablaba conmigo:
«¿Y estos qué son?»
Y el ángel me respondió:
«Estos son los cuernos que dispersaron a Judá, Israel y Jerusalén.»
Luego el Señor me mostró cuatro carpinteros,
y yo pregunté:
«¿Y estos qué vienen a hacer?»
Y el ángel me respondió:
«Aquellos cuernos son los que dispersaron a Judá, al grado de que ninguno de ellos volvió a levantar la cabeza; pero estos han venido para hacerlos temblar y derribar los cuernos de las naciones que se levantaron contra la tierra de Judá y dispersaron a sus habitantes.»
El que encubre sus pecados no prospera;
el que los confiesa y se aparta de ellos
alcanza la misericordia divina.
¡Presten atención a mis reprensiones!
Yo derramaré mi espíritu sobre ustedes,
y les daré a conocer mis argumentos.
Confissão e restauração
Se confessarmos, Ele é fiel e justo. Há alegria no céu por um pecador que se arrepende — o arrependimento abre o caminho da vida.
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.
Les digo que así también será en el cielo: habrá más gozo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse.
Yo les digo a ustedes que el mismo gozo hay delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.»
Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. ¡Límpiense las manos, pecadores! Y ustedes, los de doble ánimo, ¡purifiquen su corazón!