Milagres de Jesus
Os Evangelhos registram dezenas de milagres realizados por Jesus — curas, ressurreições, domínio sobre a natureza e libertações. Cada milagre revelava sua divindade e compaixão.
Curas de cegos e surdos
Jesus devolveu a visão aos cegos e a audição aos surdos, manifestando seu poder sobre toda enfermidade e deficiência.
Jesús sana a los ciegos y a los mudos
Cuando regresaba de la casa del jefe judío, dos ciegos lo siguieron gritando:
—¡Hijo de David, apiádate de nosotros!
Al llegar a la casa, Jesús les preguntó:
—¿Creen que puedo devolverles la vista?
—Sí, Señor —le contestaron—; creemos.
Entonces él les tocó los ojos y dijo: —Hágase realidad lo que han creído.
¡Y recobraron la vista!
Jesús les pidió encarecidamente que no se lo contaran a nadie, pero apenas salieron de allí se pusieron a divulgar por aquellos lugares lo que Jesús había hecho.
Dos ciegos reciben la vista
Al salir de Jericó, los seguía un inmenso gentío. Y dos ciegos que estaban sentados junto al camino, al escuchar que Jesús iba a pasar por allí, se pusieron a gritar:
—¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!
La gente los mandó callar, pero ellos gritaron todavía con más fuerza. Cuando Jesús pasó junto a donde estaban, les preguntó:
—¿En qué puedo servirles?
—Señor —le dijeron—, ¡queremos ver!
Jesús, compadecido, les tocó los ojos. Al instante pudieron ver; y siguieron a Jesús.
Jesús sana a un ciego en Betsaida
Llegaron luego a Betsaida; le llevaron a un ciego y le rogaron que lo tocara. Jesús tomó al ciego de la mano y lo sacó del pueblo. Una vez fuera, le mojó los ojos con saliva y le puso las manos encima.
—¿Ves algo ahora? —le preguntó.
El hombre miró a su alrededor.
—¡Sí! —dijo—. Veo gente y parecen como árboles que caminan.
Jesús le colocó de nuevo las manos sobre los ojos, y el hombre miró fijamente y pudo ver todo con claridad.
Jesús le ordenó que regresara con su familia.
—No entres en el pueblo —le dijo.
Jesús sana a un sordomudo
Jesús salió de la región de Tiro y se dirigió, por Sidón, al lago de Galilea, por la región de Decápolis.
Le llevaron un hombre que era sordo y tartamudo y le suplicaron que pusiera la mano sobre él. Jesús se lo llevó aparte para estar a solas con él; le puso los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Luego, mirando al cielo, suspiró y ordenó:
«¡Efatá!» (que quiere decir: ¡Ábrete!)
Al instante el hombre pudo oír y hablar perfectamente. Jesús le pidió a la multitud que no contara lo que había visto; pero mientras más lo pedía, más lo divulgaba.
La gente estaba sumamente maravillada y decía: «¡Todo lo ha hecho bien! ¡Hasta logra que los sordos oigan y los mudos hablen!».
El ciego Bartimeo recibe la vista
Fueron luego a Jericó. Poco después, Jesús salió de allí con sus discípulos y con mucha gente de la ciudad. Sentado junto al camino estaba un pordiosero ciego llamado Bartimeo, hijo de Timeo. Cuando oyó que Jesús de Nazaret se acercaba, se puso a gritar:
—¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!
—¡Cállate! —le gritaron algunos.
Él gritó aun con más fuerza:
—¡Hijo de David, ten misericordia de mí!
Cuando Jesús lo oyó, se detuvo en el camino y ordenó:
—Díganle que venga.
Se acercaron al ciego y le dijeron:
—¡Ánimo! ¡Levántate, te llama!
Bartimeo se quitó la capa, la tiró a un lado, dio un salto y fue a donde estaba Jesús.
—¿Qué quieres que te haga? —le preguntó Jesús.
—Maestro —dijo—, ¡quiero recobrar la vista!
Jesús le dijo:
—Puedes irte, tu fe te ha sanado.
Instantáneamente el ciego vio; y siguió a Jesús en el camino.
Un mendigo ciego recibe la vista
Cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía. Le respondieron:
—Jesús de Nazaret está pasando por aquí. Entonces el ciego gritó:
—¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!
Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritó todavía más fuerte:
—¡Hijo de David, ten compasión de mí!
Jesús se detuvo y mandó que lo trajeran a su presencia.
Cuando el ciego se acercó, Jesús le preguntó:
—¿Qué quieres que haga por ti?
—Señor, quiero que me des la vista.
Jesús le dijo:
—¡Recibe la vista! Tu fe te ha sanado.
En ese mismo instante el ciego recobró la vista. Se fue siguiendo a Jesús y alabando a Dios. Y toda la gente que vio esto también alababa a Dios.
Jesús sana a un ciego de nacimiento
Cuando pasaba, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento.
Y sus discípulos le preguntaron:
—Maestro, ¿este hombre nació ciego por culpa de su pecado o por el pecado de sus padres?
Jesús les respondió:
—Ni por el pecado de él ni por el de sus padres, sino para que todos vean lo que Dios hace en la vida de él. Mientras es de día, tenemos que cumplir con el trabajo del que me envió. Viene la noche cuando ya nadie pueda trabajar. Mientras yo estoy en el mundo, soy la luz del mundo.
Al acabar de decir esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo untó al ciego en los ojos y le dijo:
—Ve y lávate en el estanque de Siloé (que significa: Enviado).
El ciego fue y se lavó, y al regresar ya veía.
Curas de paralíticos e enfermos
Paralíticos caminharam, leprosos ficaram limpos e todo tipo de doença foi curada pelo toque e pela palavra de Jesus.
cuando, de pronto, un leproso se le acercó y se puso de rodillas ante él.
—Señor —suplicó el leproso—, si quieres, puedes curarme.
Jesús, extendiendo la mano, lo tocó y le dijo:
—Quiero. ¡Ya estás curado!
E instantáneamente la lepra desapareció.
—No te detengas a conversar con nadie —le ordenó entonces Jesús—. Ve en seguida a que el sacerdote te examine y presenta la ofrenda que requiere la ley de Moisés, para que les conste que ya estás bien.
Varios hombres le trajeron a un paralítico tendido en un camastro. Cuando Jesús vio la fe que tenían, dijo al enfermo:
—¡Ten ánimo, hijo! ¡Te perdono tus pecados!
«¡Blasfemia!» —pensaron algunos de los maestros religiosos que lo oyeron.
Jesús, que sabía lo que estaban pensando, les dijo:
—¿A qué vienen esos malos pensamientos? Díganme, ¿qué es más difícil: sanar a un enfermo o perdonarle sus pecados? Pues voy a demostrarles que tengo autoridad en la tierra para perdonar los pecados.
Entonces se dirigió al paralítico y le dijo:
—¡Levántate, recoge la camilla y vete a tu casa!
Y el paralítico se puso de pie y se fue a su casa.
Como había allí un hombre con una mano paralizada, los fariseos le preguntaron a Jesús:
—¿Es legal sanar en el día de reposo?
Los fariseos buscaban una razón para acusarlo.
Jesús les respondió:
—Si en el día de reposo a alguno de ustedes se le cae una oveja en un pozo, ¿la sacará? ¡Por supuesto que sí! Bueno, díganme, ¿no vale mucho más una persona que una oveja? Por lo tanto, no hay nada malo en que uno haga el bien en el día de reposo.
Entonces le dijo al hombre:
—Extiende la mano.
Y al extenderla le quedó tan normal como la otra.
Y le contaron a Jesús que la suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Él se le acercó, la tomó de la mano y la ayudó a sentarse. ¡Inmediatamente se le quitó la fiebre y se levantó a servirlos!
Jesús sana a un leproso
Un leproso se le acercó y, de rodillas, le dijo:
—Si quieres, puedes sanarme.
Jesús, compadecido, lo tocó y le dijo:
—Quiero; queda curado.
E instantáneamente la lepra desapareció y quedó limpio.
Entonces llegaron cuatro hombres llevando a un paralítico. Como no pudieron pasar entre la multitud para llegar a Jesús, subieron a la azotea, hicieron una abertura en el techo, exactamente encima de donde estaba Jesús, y entre los cuatro bajaron la camilla en la que yacía el paralítico.
Cuando Jesús vio la fe de ellos, le dijo al paralítico:
—Hijo, tus pecados quedan perdonados.
Algunos maestros de la ley que estaban allí sentados pensaron: «¿Cómo se atreve a hablar así? ¡Eso es una blasfemia! ¡Dios es el único que puede perdonar los pecados!».
Jesús les leyó el pensamiento y les dijo:
—¿Por qué piensan ustedes así? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico "tus pecados quedan perdonados" o decirle: "Levántate, toma tu camilla y anda"? Pues voy a probarles que yo, el Hijo del hombre, tengo potestad para perdonar los pecados.
Entonces se dirigió al paralítico y le dijo:
—A ti te digo, levántate, recoge la camilla y vete.
El hombre se levantó de inmediato, tomó su camilla y se abrió paso entre la asombrada concurrencia que, entre alabanzas a Dios, exclamaba:
—Jamás habíamos visto nada parecido.
En otra ocasión, Jesús entró en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Como era el día de reposo, quienes querían acusar a Jesús lo vigilaban para ver si se atrevería a curar al enfermo.
Jesús le pidió al hombre que tenía la mano paralizada que se parara frente a todos. Y les preguntó a los otros:
—¿Qué es correcto hacer en el día de reposo: el bien o el mal? ¿Es este un día para salvar una vida o para matar?
No le contestaron.
Jesús, mirándolos con una mezcla de enojo y tristeza por la indiferencia que mostraban, le dijo al hombre:
—Extiende la mano.
Y al extenderla, se le sanó.
Jesús sana a un leproso
Un día que Jesús estaba en un pueblo, se presentó un hombre enfermo de lepra. Al ver a Jesús, se inclinó hasta tocar con su rostro el suelo y le suplicó:
—Señor, si quieres, puedes sanarme.
Jesús extendió la mano, tocó al hombre y le dijo:
—Sí quiero. ¡Queda sano!
Y en ese momento se le quitó la lepra.
Entonces llegaron unos hombres que llevaban en una camilla a un paralítico. Ellos querían entrar para ponerlo delante de Jesús, pero no podían porque había allí mucha gente. Así que subieron al techo e hicieron un hueco entre las tejas, y bajaron al paralítico en la camilla en medio de la gente, hasta ponerlo frente a Jesús.
Cuando vio la fe de ellos, Jesús le dijo al que estaba postrado:
—Amigo, tus pecados quedan perdonados.
Los fariseos y los maestros de la ley comenzaron a pensar:
«¿Quién se cree este, que dice blasfemias? Sólo Dios puede perdonar pecados».
Pero Jesús sabía lo que estaban pensando y les dijo:
—¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil, decirle que sus pecados están perdonados o que se puede levantar y andar? Pues voy a demostrarles que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados.
Entonces se dirigió al paralítico y le dijo:
—Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
En ese mismo instante, ante los ojos de todos, el hombre tomó la camilla en la que había estado acostado y se fue a su casa alabando a Dios.
Otro sábado, entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. Y había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Como los maestros de la ley y los fariseos vigilaban a Jesús tratando de encontrar algún motivo para acusarlo, querían ver si sanaba en sábado.
Aunque Jesús sabía lo que estaban pensando, llamó al hombre de la mano paralizada y le dijo:
—Levántate y ponte en medio de todos.
El hombre hizo como Jesús le había indicado y Jesús les dijo a los otros:
—Les voy a hacer una pregunta. ¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado: el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?
Entonces Jesús miró a todos los que lo rodeaban y le dijo al hombre:
—Extiende tu mano.
Él la extendió, y su mano le quedó sana.
La fe del centurión
Cuando Jesús terminó de hablar al pueblo, entró en Capernaúm. Allí vivía un capitán del ejército romano que tenía un siervo al que estimaba mucho. Y ese siervo estaba enfermo, al borde de la muerte. El capitán oyó hablar de Jesús y mandó a varios ancianos de los judíos a pedirle que fuera y sanara a su siervo. Al llegar ellos ante Jesús, le suplicaron:
—Ese hombre merece que hagas lo que te pide. Ama tanto a nuestra nación que nos construyó una sinagoga.
Jesús fue con ellos. Y cuando ya estaba cerca de la casa, el capitán mandó a unos amigos a decirle:
—Señor, no te molestes, pues no merezco que entres en mi casa. Por eso no fui yo mismo a buscarte. Yo sé que con una sola palabra que digas, mi siervo sanará, pues yo mismo estoy acostumbrado a obedecer las órdenes de mis superiores y también a dar ordenes a mis soldados. Si yo le digo a uno: "Ve" él va, y si le digo al otro: "Ven" él viene. Y si le digo a mi siervo: "Haz esto", él lo hace.
Jesús, al oír aquel mensaje se asombró, y mirando a la gente que lo seguía dijo:
—Ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande.
Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron sano al siervo.
Allí estaba una mujer que llevaba dieciocho años enferma por causa de un demonio. Andaba encorvada y no podía enderezarse del todo. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo:
—Mujer, quedas libre de tu mal.
Le dijo eso mientras ponía las manos sobre la mujer, y ella al instante se enderezó y comenzó a alabar a Dios.
Jesús en casa de un fariseo
Un sábado, Jesús fue a comer a casa de un jefe fariseo. Los fariseos lo vigilaban. Allí, frente a él, también estaba un hombre enfermo de hidropesía.
Jesús les preguntó a los maestros de la ley y a los fariseos:
—¿Está permitido sanar a un enfermo en sábado?
Pero ellos se quedaron callados. Entonces tomó al enfermo, lo sanó y lo despidió.
Jesús sana a diez leprosos
Un día, Jesús siguió su viaje hacia Jerusalén, pasando por Samaria y Galilea. Cuando entró en un pueblo, diez hombres que estaban enfermos de lepra le salieron al encuentro. Ellos se pararon un poco lejos de él, y le gritaron:
—¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!
Él, al verlos, les dijo:
—Vayan a presentarse a los sacerdotes.
Y mientras aún iban en el camino, quedaron sanos.
Uno de ellos, al verse sano, regresó alabando a Dios a gritos.
Y se echó sobre sus rodillas, tocando con su rostro el suelo, a los pies de Jesús, y le dio las gracias. Este hombre era samaritano.
Jesús preguntó:
—¿No eran diez los que quedaron sanos? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Sólo este extranjero regresó a dar gloria a Dios? —Y le dijo al hombre—: Levántate y vete. Tu fe te ha sanado.
Jesús sana a un inválido
Algún tiempo después, Jesús regresó a Jerusalén, donde se celebraba una fiesta de los judíos.
Allí en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, había un estanque rodeado de cinco pórticos. El estanque, se llamaba en arameo, Betzatá.
En los pórticos estaban acostados muchos enfermos, ciegos, cojos y paralíticos que esperaban que se moviera el agua. De cuando en cuando un ángel del Señor bajaba al estanque y movía el agua. El primero que se metía al agua después de que había sido removida, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviera. Entre ellos había un hombre inválido que llevaba enfermo treinta y ocho años.
Cuando Jesús lo vio allí acostado y supo que tenía mucho tiempo de estar enfermo, le preguntó:
—¿Quieres curarte?
El enfermo respondió:
—Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque mientras se remueve el agua. Cada vez que trato de hacerlo otro se me adelanta.
Jesús le dijo:
—Levántate, recoge tu camilla y anda.
En ese mismo momento el hombre quedó sano. De inmediato tomó su camilla y comenzó a andar.
Y ese día era sábado.
Depués volvió Jesús a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un importante funcionario real que tenía a su hijo enfermo en Capernaúm. Cuando el funcionario se enteró de que Jesús había viajado de Judea a Galilea, fue a verlo y le suplicó que lo acompañara y sanara a su hijo, pues estaba a punto de morir.
Jesús le dijo:
—Ustedes sólo van a creer si ven señales y milagros.
El funcionario le rogó:
—Señor, ven antes que se muera mi hijo.
Jesús le dijo:
—Regresa a casa, que tu hijo vive.
El hombre creyó lo que Jesús le dijo, y se fue. Cuando iba de regreso a su casa, sus criados salieron a su encuentro con la noticia de que su hijo estaba vivo. Él les preguntó a qué hora había comenzado su hijo a sentirse mejor, y le contestaron:
—Ayer a la una de la tarde se le quitó la fiebre.
El padre se dio cuenta de que a esa misma hora Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Así que él y toda su familia creyeron.
Esta fue la segunda señal que hizo Jesús en Galilea, después de volver de Judea.
A mulher com fluxo de sangue
Uma mulher que sofria há doze anos tocou a orla do manto de Jesus e foi curada instantaneamente pela sua fé.
Mientras iban, una mujer que llevaba doce años enferma de un derrame de sangre, se acercó por detrás y tocó el borde del manto de Jesús. Ella pensaba que si lo tocaba sanaría. Jesús se volvió y le dijo:
—Hija, tu fe te ha sanado. Vete tranquila.
Y la mujer sanó en aquel mismo momento.
Jesús lo acompañó. En medio de aquella multitud que se apretujaba a su alrededor, estaba una mujer que durante los últimos doce años había estado enferma con cierto tipo de derrame de sangre. Hacía mucho que sufría en manos de los médicos, y a pesar de haber gastado todo lo que tenía, en vez de mejorar estaba peor. Enterada de lo que Jesús hacía, se le acercó por detrás, entre la multitud, y le tocó el manto, porque pensaba que al tocarlo, sanaría. Y, en efecto, tan pronto como lo tocó, el derrame cesó y se sintió perfectamente bien.
Entre la gente había una mujer que estaba enferma desde hacía doce años. Tenía derrames de sangre y nadie había podido sanarla, a pesar de haber gastado cuanto tenía en médicos. Ella se acercó a Jesús por detrás y le tocó el borde del manto. En ese mismo momento quedó sana.
Jesús preguntó:
—¿Quién me tocó?
Como todos negaban haberlo tocado, Pedro le dijo:
—Maestro, es mucha la gente que te aprieta y empuja.
Jesús respondió:
—Pero alguien me ha tocado; lo sé porque de mí ha salido poder.
La mujer, al verse descubierta, fue temblando y se arrojó a los pies de Jesús. Y allí, frente a toda la gente, le contó por qué lo había tocado y cómo en ese mismo momento había quedado sana.
Le dijo Jesús:
—Hija, tu fe te ha sanado. Vete tranquila.
Ressurreições
Jesus ressuscitou mortos — a filha de Jairo, o filho da viúva de Naim e Lázaro. Ele é Senhor sobre a morte.
Una niña muerta y una mujer enferma
Apenas terminó de pronunciar estas palabras, cuando un jefe de los judíos llegó y se postró ante él.
—Mi hija acaba de morir —le dijo—, pero sé que resucitará si vas y la tocas.
Jesús y los discípulos se dirigieron al hogar del jefe judío.
Al llegar a la casa del jefe judío y escuchar el alboroto de los presentes y la música fúnebre, Jesús dijo:
—Salgan de aquí. La niña no está muerta, sólo está dormida.
La gente se rio de Jesús, y todos salieron. Jesús entró donde estaba la niña y la tomó de la mano. ¡Y la niña se levantó sana!
De la multitud se adelantó un hombre que se postró a los pies de Jesús. Era Jairo, uno de los jefes de la sinagoga.
—Señor —le suplicaba—, mi hija se está muriendo. Ven y pon tus manos sobre ella, porque yo sé que puedes hacer que viva.
Jesús lo acompañó. En medio de aquella multitud que se apretujaba a su alrededor, estaba una mujer que durante los últimos doce años había estado enferma con cierto tipo de derrame de sangre.
Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga y ver que había mucho alboroto y gran llanto y dolor, Jesús les dijo a los que allí estaban:
—¿Por qué hacen tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta; sólo está dormida.
La gente se rio de Jesús; pero Jesús les ordenó a todos que salieran y él, con el padre, la madre y los discípulos que lo acompañaban entró al cuarto en que reposaba la niña. La tomó de la mano y le dijo:
—Talita cum (que significa: Levántate, niña).
En el mismo instante, la niña, de doce años de edad, se levantó y caminó. Jesús ordenó que le dieran de comer. La gente quedó muy admirada, pero Jesús les suplicó encarecidamente que no lo dijeran a nadie.
«Entonces, ¿con qué compararé a la gente de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a los niños que se sientan en la plaza y les gritan a otros niños: "Tocamos la flauta, y ustedes no bailaron; cantamos canciones tristes, y ustedes no lloraron". Vino Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y ustedes dicen que tiene un demonio. Luego vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y ustedes dicen que es un glotón y un borracho, que es amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores. Pero la sabiduría se demuestra por los que la siguen».
Una mujer pecadora unge a Jesús
Un fariseo invitó a Jesús a comer. Él fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Entonces una mujer que vivía en aquel pueblo y tenía mala fama, se enteró de que Jesús estaba comiendo en aquella casa. La mujer llegó allí con un frasco de alabastro lleno de perfume.
En eso llegó un hombre llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga. Se arrojó a los pies de Jesús y le suplicó que fuera a su casa, porque su única hija, que tenía doce años, se estaba muriendo.
Mientras Jesús iba hacia allá, la gente lo apretujaba.
Jesús estaba todavía hablando, cuando llegó alguien de la casa de Jairo, el jefe de la sinagoga, y le dijo:
—Tu hija ha muerto. No molestes más al Maestro.
Jesús, que lo oyó, le dijo a Jairo:
—No tengas miedo; nada más cree y ella se sanará.
Cuando llegó a la casa de Jairo, sólo permitió que entraran con él Pedro, Juan, Jacobo y el padre y la madre de la niña; y nadie más. Todos estaban llorando y lamentaban la muerte de la niña. Pero Jesús les dijo:
—¡No lloren! Ella no está muerta, sino dormida.
La gente empezó a burlarse de él, porque sabían que estaba muerta. Pero él la tomó de la mano y le dijo:
—¡Niña, levántate!
Ella volvió a la vida y al instante se levantó. Entonces Jesús mandó que le dieran de comer.
Los padres estaban asombrados, pero él les ordenó que no contaran a nadie lo que había sucedido.
Muerte de Lázaro
Un hombre llamado Lázaro, estaba enfermo. Era del pueblo de Betania, como también sus hermanas María y Marta. María fue la que derramó perfume sobre los pies del Señor y luego los secó con sus cabellos. Las dos hermanas le enviaron este mensaje a Jesús: «Señor, tu amigo querido está enfermo».
Jesús oyó esto y dijo:
—Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que servirá para darle la gloria a Dios, y para que también le den la gloria al Hijo de Dios.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. A pesar de eso, cuando recibió la noticia de que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más donde estaba. Después dijo a sus discípulos:
—Regresemos a Judea.
Ellos le respondieron:
—Maestro, hace poco los judíos trataron de apedrearte, ¿y quieres volver allá?
Jesús les contestó:
—¿No es verdad que el día tiene doce horas? El que anda de día no tropieza porque tiene la luz de este mundo. Pero el que anda de noche sí tropieza, porque le falta la luz.
Después dijo:
—Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo.
Sus discípulos respondieron:
—Señor, si está dormido, es que va a sanarse.
Aunque Jesús se refería a la muerte de Lázaro, sus discípulos pensaron que hablaba del sueño natural. Por eso Jesús les dijo claramente:
—Lázaro ha muerto,
Domínio sobre a natureza
Jesus acalmou a tempestade, andou sobre as águas e multiplicou pães. A natureza obedece à voz do seu Criador.
Jesús calma la tormenta
Entonces subió a una barca con sus discípulos y zarparon de allí. Durante la travesía se quedó dormido.
Poco después se levantó una tormenta tan violenta que las olas inundaban la barca. Los discípulos corrieron a despertar a Jesús:
—¡Señor, sálvanos! ¡Nos estamos hundiendo!
—Hombres de poca fe, ¿a qué viene tanto miedo? —les respondió.
Entonces, se puso de pie, reprendió al viento y a las olas, y la tormenta cesó y todo quedó en calma.
Pasmados, los discípulos se decían:
«¿Quién es este, que aun los vientos y la mar lo obedecen?».
Al atardecer, los discípulos se le acercaron y le dijeron:
—Ya pasó la hora de la cena y aquí en el desierto no hay nada que comer. Despide a la gente para que vaya por los pueblos a comprar alimentos.
—¿Por qué? —les respondió Jesús—. ¡Denles ustedes de comer!
—¿Pero con qué, si no tenemos más que cinco panecillos y dos pescados?
—¡Pues tráiganlos!
La gente se fue sentando en la hierba a petición de Jesús. Él, tomando los cinco panes y los dos pescados, miró al cielo, los bendijo, y comenzó a partir los panes y a darlos a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente. Nadie se quedó sin comer. ¡Y hasta sobraron doce cestas de comida, a pesar de que había cerca de cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños!
A las tres de la mañana Jesús se les acercó, caminando sobre las aguas turbulentas.
—Me da lástima toda esta gente —dijo Jesús en voz baja a sus discípulos—. Hace tres días que están aquí y ya no tienen nada que comer. No quiero enviarlos a sus casa sin comer, porque se desmayarían en el camino.
—¿Pero en qué lugar de este desierto vamos a conseguir suficiente comida para alimentar a este gentío? —le respondieron.
—¿Qué tienen ahora? —les preguntó Jesús.
—¡Siete panes y unos cuantos pescados!
Entonces ordenó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los pescados, dio gracias a Dios por ellos y comenzó a partirlos y a entregarlos a los discípulos para que los repartieran a la gente.
Nadie se quedó sin comer, a pesar de que había cuatro mil personas, sin contar las mujeres y los niños ¡Y sobraron siete cestas repletas de alimentos!
El impuesto del templo
Al llegar a Capernaúm, los cobradores de impuestos del templo le preguntaron a Pedro:
—Tu Maestro, ¿paga impuestos?
—¡Claro que los paga! —les respondió Pedro—, e inmediatamente entró a la casa a hablarle a Jesús sobre el asunto.
No había pronunciado todavía la primera palabra, cuando Jesús le preguntó: —¿A quién crees tú, Pedro, que cobran tributos los reyes de la tierra? ¿A sus súbditos o a los extranjeros?
—A los extranjeros, claro —respondió Pedro.
—Entonces, los suyos quedan exentos, ¿verdad? —añadió Jesús—. Sin embargo, para que no se ofendan, vete al lago y echa el anzuelo, pues en la boca del primer pez que saques hallarás una moneda que alcanzará para tus impuestos y los míos.
Se seca la higuera
Cuando regresaba a Jerusalén a la mañana siguiente, tuvo hambre. Se acercó a una higuera del camino con la esperanza de encontrar en ella higos, ¡pero sólo encontró hojas!
—¡Nunca jamás produzcas fruto! —le dijo.
Y la higuera se secó. Al verlo, los discípulos se preguntaron llenos de asombro:
—¿Cómo es que la higuera se secó tan pronto?
Y Jesús les respondió:
—Pues les repito que si tienen fe y no dudan, podrán hacer cosas como esta y muchas más. Hasta podrán decirle al Monte de los Olivos que se quite y se arroje al mar, y los obedecerá. Cualquier cosa que pidan en oración la recibirán, si de veras creen.
A medio camino se desató una terrible tempestad. El viento azotaba la barca con furia y las olas amenazaban con anegarla completamente. Jesús dormía en la popa, con la cabeza en una almohada. Lo despertaron y le dijeron:
—Maestro, ¿no te importa que nos estemos hundiendo?
Jesús se levantó, reprendió a los vientos y dijo a las olas:
—¡Silencio! ¡Cálmense!
Los vientos cesaron y todo quedó en calma, Y Jesús les dijo:
—¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Acaso no tienen fe?
Ellos, asustados, se decían:
—¿Quién será este que aun los vientos y las aguas lo obedecen?
Ya avanzada la tarde, los discípulos le dijeron a Jesús:
—Este es un lugar desierto y se está haciendo tarde. Dile a esta gente que se vaya a los campos y pueblos vecinos a comprar comida.
—Aliméntenlos ustedes —fue la respuesta de Jesús.
—¿Y con qué? —preguntaron—. Costaría el salario de siete meses comprar comida para esta multitud.
—¿Cuántos panes tienen ustedes? —les preguntó—. Vayan a ver.
Al poco rato regresaron con la noticia de que había cinco panes y dos pescados.
Jesús les ordenó que hicieran que la multitud se sentara por grupos sobre la hierba verde. Y se acomodaron en grupos de cincuenta o cien personas.
Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, los bendijo. Luego, partió los panes y los pescados y los fue dando a los discípulos para que los repartieran entre la multitud. Comieron todos hasta quedar saciados. Y aunque eran cinco mil hombres, sobraron doce cestas llenas de panes y pescados.
que sus discípulos remaban con dificultad, porque tenían los vientos en contra. Como a las tres de la mañana, se acercó a ellos caminando sobre el agua y siguió como si tuviera intenciones de pasar de largo.
Cuando los discípulos vieron que caminaba sobre el agua, gritaron de terror creyendo que era un fantasma, pues estaban muy espantados por lo que veían. Pero él en seguida les dijo: «Cálmense, soy yo, no tengan miedo».
Cuando subió a la barca, el viento se calmó. Los discípulos quedaron boquiabiertos, maravillados.
Jesús alimenta a los cuatro mil
En aquellos días, de nuevo había una gran multitud que no tenía qué comer. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
—Siento compasión de la gente, porque ya llevan tres días aquí y se les ha acabado la comida. Si los envío sin comer, se desmayarán en el camino porque muchos han venido de lejos.
—Y en un lugar desierto como este, ¿dónde se podrá encontrar alimentos para darles de comer? —protestaron los discípulos.
—¿Cuántos panes tienen? —les preguntó.
—Siete —respondieron.
Pidió a la multitud que se sentara en el suelo. Luego tomó los siete panes, dio gracias a Dios por ellos, los partió y los fue pasando a los discípulos. Los discípulos a su vez los fueron distribuyendo. Encontraron también unos pescaditos. Jesús los bendijo y pidió a los discípulos que los repartieran. Todos comieron y se hartaron. Al terminar, recogieron siete cestas de alimentos que sobraron; y eran como cuatro mil los que comieron. Después Jesús los despidió.
Jesús purifica el templo
A la siguiente mañana, al salir de Betania, tuvo hambre, por lo que se acercó a una frondosa higuera. Esperaba hallar algunos higos, pero al hallar sólo hojas, porque no era la temporada de higos, dijo al árbol: «¡Nadie más va a volver a comer jamás de tu fruto!».
Y lo oyeron los discípulos.
La higuera seca
A la siguiente mañana, al pasar junto a la higuera, los discípulos vieron que se había secado hasta las raíces. Pedro, recordando lo que había pasado, exclamó:
—¡Maestro, mira! La higuera que maldijiste está seca.
Jesús respondió:
—Tengan fe en Dios. Les aseguro que si alguien le dice a este monte que se mueva y se arroje al mar, y no duda que va a suceder, el monte lo obedecerá. Por eso les digo que todo lo que pidan en oración, crean que lo recibirán, y así será. Pero cuando oren, perdonen a los que les hayan hecho algo, para que el Padre que está en el cielo les perdone a ustedes sus pecados.
Llamamiento de los primeros discípulos
Un día, Jesús estaba a la orilla del lago de Genesaret y la gente lo apretujaba para oír el mensaje de Dios. Entonces vio dos barcas que estaban en la playa. Los pescadores las habían dejado allí mientras lavaban sus redes. Él subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la alejara un poco de la orilla. Luego se sentó y desde la barca le enseñaba a la gente.
Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:
—Lleva la barca adonde el agua está más profunda y allí echa tus redes para pescar. Simón le respondió:
—Maestro, toda la noche hemos trabajado sin descanso y no hemos pescado nada. Pero, puesto que tú me lo mandas, voy a echar las redes.
Ellos hicieron lo que él les dijo, y recogieron tantos peces que las redes se les rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos fueron, y llenaron tanto las dos barcas que se empezaron a hundir.
Cuando Simón Pedro vio esto, cayó de rodillas ante Jesús y le dijo:
—¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!
Es que él y sus demás compañeros estaban asombrados por la gran pesca que habían hecho. También estaban asombrados Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, socio de Simón.
Jesús le dijo a Simón:
—No tengas miedo, de ahora en adelante serás pescador de seres humanos.
Entonces llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y siguieron a Jesús.
Jesús calma la tormenta
Un día, Jesús subió a una barca con sus discípulos y les dijo:
—Vamos al otro lado del lago.
Y partieron. Mientras navegaban, él se quedó dormido. Entonces se desató una tormenta sobre el lago, y la barca comenzó a hundirse poniéndolos a ellos en peligro. Los discípulos fueron a despertar a Jesús y lo llamaron a gritos:
—¡Maestro, Maestro, nos estamos hundiendo!
Él se levantó y ordenó al viento y a las olas que se calmaran. La tormenta se detuvo y todo quedó tranquilo.
Después les dijo a sus discípulos:
—¿Dónde está la fe de ustedes?
Ellos, llenos de temor y asombro, se decían unos a otros: «¿Quién será este hombre que aun los vientos y el mar lo obedecen?».
Jesús calma la tormenta
Un día, Jesús subió a una barca con sus discípulos y les dijo:
—Vamos al otro lado del lago.
Y partieron. Mientras navegaban, él se quedó dormido. Entonces se desató una tormenta sobre el lago, y la barca comenzó a hundirse poniéndolos a ellos en peligro. Los discípulos fueron a despertar a Jesús y lo llamaron a gritos:
—¡Maestro, Maestro, nos estamos hundiendo!
Él se levantó y ordenó al viento y a las olas que se calmaran. La tormenta se detuvo y todo quedó tranquilo.
Después les dijo a sus discípulos:
—¿Dónde está la fe de ustedes?
Ellos, llenos de temor y asombro, se decían unos a otros: «¿Quién será este hombre que aun los vientos y el mar lo obedecen?».
Liberación de un endemoniado
Siguieron navegando hasta la otra orilla del lago, hasta la región de los gerasenos, frente a Galilea.
Como empezaba a oscurecer, los doce se le acercaron y le dijeron:
—Despide a la gente, para que vaya a los campos y pueblos cercanos a buscar comida y alojamiento, pues aquí no hay nada.
Jesús les dijo:
—Denles ustedes de comer.
Ellos le respondieron:
—No tenemos más que cinco panes y dos pescados. Para dar de comer a toda esta gente tendríamos que ir a comprar comida. Había allí como cinco mil hombres. Pero Jesús dijo a sus discípulos:
—Hagan que la gente se siente en grupos de cincuenta.
Los discípulos así lo hicieron, y todos se sentaron. Entonces Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados, miró al cielo y los bendijo. Luego los partió y se los dio a los discípulos para que los repartieran a la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos; y recogieron doce canastas con los pedazos que sobraron.
Jesús transforma el agua en vino
Tres días más tarde hubo una boda en el pueblo de Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También Jesús y sus discípulos habían sido invitados a la boda. El vino se acabó y entonces la madre de Jesús le dijo:
—Ya no tienen vino.
Jesús le respondió:
—Mujer, ¿acaso es mi problema? Todavía no ha llegado mi hora.
Su madre dijo a los sirvientes:
—Hagan lo que él les ordene.
Había allí seis tinajas de piedra de unos cien litros de capacidad cada una. Eran tinajas de las que usaban los judíos en sus ceremonias de purificación. Jesús ordenó a los sirvientes:
—Llenen de agua estas tinajas.
Los sirvientes las llenaron casi hasta rebosar.
Jesús volvió a ordenarles:
—Ahora, saquen un poco y llévenselo al encargado de la fiesta.
Así lo hicieron. El encargado de la fiesta probó el agua convertida en vino. Él no sabía de dónde había salido ese vino, pero los sirvientes sí lo sabían pues ellos habían sacado el agua. Entonces el encargado se acercó al novio y le dijo:
—Todos sirven el mejor vino primero, y después, cuando los invitados ya han bebido mucho, les sirven el vino barato. Pero tú has guardado el mejor vino hasta el final.
Jesús hizo esta señal, que fue la primera, en Caná de Galilea. Así dio a conocer su gloria; y sus discípulos creyeron en él.
Dijo esto para ponerlo a prueba, porque él ya sabía lo que iba a hacer.
Felipe respondió:
—Ni con el salario de ocho meses de trabajo nos alcanzaría para darle un pedazo de pan a tanta gente.
Andrés, que era otro de sus discípulos y hermano de Simón Pedro, le dijo:
—Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es esto para tanta gente?
Jesús les ordenó:
—Díganle a la gente que se siente.
Allí había mucha hierba, así que todos se sentaron. Sólo los hombres eran como cinco mil. Jesús tomó los panes, dio gracias y los fue repartiendo a los que estaban sentados. Luego hizo lo mismo con los pescados. Todos comieron cuanto quisieron.
Cuando ya todos estuvieron satisfechos, les dijo a sus discípulos:
—Recojan los pedazos que sobraron, para que no se desperdicie nada.
Ellos los recogieron, y con los pedazos que sobraron de los panes, llenaron doce canastas.
Los discípulos habían remado unos cinco o seis kilómetros cuando vieron que Jesús caminaba sobre el agua. Él venía hacia la barca y ellos se asustaron. Pero él les dijo: «Soy yo, no tengan miedo». Entonces lo recibieron con gusto en la barca y en seguida la barca llegó a la orilla a donde iban.
Jesús y la pesca milagrosa
Después de esto, Jesús se apareció una vez más a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Así fue como sucedió: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás al que llamaban el Gemelo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos discípulos.
Simón Pedro dijo:
—Me voy a pescar.
Ellos le contestaron:
—Nosotros vamos contigo. Salieron de allí y se subieron a la barca, pero esa noche no pescaron nada.
En la madrugada, Jesús estaba en la orilla, pero los discípulos no se dieron cuenta de que era él.
Jesús les preguntó:
—Muchachos, ¿tienen algo de comer?
—No —contestaron ellos.
Jesús les dijo:
—Echen la red a la derecha de la barca, y pescarán algo.
Así lo hicieron, y ya no podían sacar la red del agua por tantos pescados que tenía.
El discípulo a quien Jesús quería mucho le dijo a Pedro:
—¡Es el Señor!
Cuando Simón Pedro le oyó decir: «Es el Señor», se puso la ropa, pues estaba casi desnudo, y se tiro al agua. Los otros discípulos llegaron a la playa en la barca, arrastrando la red llena de pescados, pues estaban como a cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra, vieron una fogata con un pescado encima, y pan.
Jesús les dijo:
—Tráiganme algunos de los pescados que acaban de sacar.
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, que estaba llena de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres pescados, y a pesar de ser tantos la red no se rompió.
Libertações
Jesus expulsou demônios com autoridade. Os espíritos impuros não resistiam à sua palavra e saíam imediatamente.
La fe del centurión
Cuando Jesús llegó a Capernaúm, un capitán del ejército romano se le acercó y le rogó que sanara a un sirviente que estaba en cama paralítico y que sufría mucho.
Le respondió Jesús:
—Iré a sanarlo.
—Señor —le dijo entonces el capitán—, no soy digno de que vayas a mi casa. Desde aquí mismo puedes ordenar que se sane mi criado y se sanará. Lo sé, porque estoy acostumbrado a obedecer las órdenes de mis superiores; además, si yo le digo a alguno de mis soldados que vaya a algún lugar, va; y si le digo que venga, viene; y si le digo a mi esclavo que haga esto o aquello, lo hace.
Al oír esto, Jesús se maravilló y les dijo a quienes lo seguían:
—¡En todo Israel no he hallado una fe tan grande como la de este hombre! Óiganme lo que les digo: Muchos gentiles, al igual que este soldado romano, irán de todas partes del mundo a sentarse en el reino de los cielos con Abraham, Isaac y Jacob. En cambio, muchos israelitas que deberían estar en el reino, serán arrojados a las tinieblas de afuera donde todo es llorar y crujir los dientes.
Entonces Jesús le dijo al soldado:
—Vete; lo que creíste ya se ha cumplido.
Y el criado se sanó en aquella misma hora.
Liberación de dos endemoniados
Ya al otro lado del lago, en tierra de los gadarenos, dos endemoniados le salieron al encuentro. Vivían en el cementerio, y eran tan peligrosos que nadie se atrevía a andar por aquella zona. Al ver a Jesús, le gritaron:
—¡Déjanos tranquilos, Hijo de Dios! ¡Todavía no es hora de que nos atormentes!
Por aquellos alrededores andaba un hato de cerdos, y los demonios le suplicaron a Jesús:
—Si nos vas a echar fuera, déjanos entrar en aquel hato de cerdos.
—Está bien —les respondió Jesús—. Vayan.
Y los demonios salieron de los hombres y entraron en aquellos cerdos. Estos se despeñaron desde un acantilado y se ahogaron en el lago.
Los que cuidaban los cerdos salieron corriendo y se fueron a la ciudad a contar lo sucedido, y la ciudad entera vino al encuentro de Jesús y le suplicaron que se fuera de aquellos lugares.
Cuando se fueron los ciegos, le llevaron a la casa a un hombre que había quedado mudo por culpa de demonios que se le habían metido. Tan pronto como Jesús los echó fuera, el hombre pudo hablar. La gente, maravillada, exclamó:
«¡Jamás habíamos visto algo semejante en Israel!».
Jesús y Beelzebú
Entonces le presentaron a un endemoniado, ciego y mudo. Jesús lo sanó y el hombre pudo ver y hablar.
La fe de la mujer cananea
Jesús salió de allí y caminó los ochenta kilómetros que lo separaban de la región de Tiro y Sidón. Una cananea, que vivía por allí, se le acercó suplicante:
—¡Ten misericordia de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija tiene un demonio que la atormenta constantemente.
Jesús no le respondió ni una sola palabra. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron:
—Dile que se vaya, que ya nos tiene cansados.
Entonces Jesús le dijo a la mujer:
—Me enviaron a ayudar a las ovejas perdidas de Israel, no a los gentiles.
Pero ella se acercó más y de rodillas le suplicó de nuevo:
—¡Señor, ayúdame!
—No creo que sea correcto quitarle el pan a los hijos y echárselo a los perros —le replicó Jesús.
—Sí —respondió ella—, pero aun los perrillos comen las migajas que caen de la mesa.
—¡Tu fe es extraordinaria! —le dijo Jesús—. Conviértanse en realidad tus deseos.
Y su hija sanó en aquel mismo instante.
Jesús sana a un muchacho endemoniado
Cuando llegaron al valle, la gente los esperaba; y un hombre corrió y se puso de rodillas ante Jesús.
—Señor —dijo—, ten misericordia de mi hijo, que está enfermo de la mente y padece muchísimo. Muchas veces se cae en el fuego o en el agua, con peligro de su vida. Lo traje a tus discípulos; pero no pudieron curarlo.
—¡Oh generación incrédula y perversa! —dijo Jesús—. ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? ¡Tráiganme al muchacho!
Jesús reprendió al demonio que estaba en el muchacho, y el demonio salió. Desde aquel instante el muchacho quedó bien.
Un endemoniado que estaba en la sinagoga se puso a gritar:
—¡Ah! ¿Por qué nos molestas, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé que eres el Santo de Dios.
Jesús le dijo: —¡Cállate y sal de él!
El espíritu inmundo sacudió con violencia al hombre y salió de él dando un gran alarido.
Liberación de un endemoniado
Cuando llegaron al otro lado del lago, a la tierra de Gerasa, en cuanto Jesús puso pie en tierra, un endemoniado salió del cementerio y se le acercó.
Vivía entre los sepulcros y tenía tanta fuerza que, cada vez que lo encadenaban de pies y manos, rompía las cadenas y se iba. Nadie tenía fuerza suficiente para dominarlo. Día y noche vagaba solitario por los sepulcros y los montes gritando e hiriéndose con piedras afiladas. Cuando vio a lo lejos que Jesús se acercaba, corrió a su encuentro, cayó de rodillas ante él y gritó con fuerza:
—¿Qué tienes contra mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te suplico por Dios que no me atormentes!
—¡Sal de este hombre, espíritu inmundo! —le ordenó Jesús; y luego le preguntó:
—¿Cómo te llamas?
El demonio le respondió:
—Legión, porque somos muchos.
Los demonios le suplicaron que no los enviara lejos de aquella región.
Y como había por allí, cerca del cerro, un enorme hato de cerdos comiendo, le suplicaron los demonios:
—Envíanos a los cerdos y déjanos entrar en ellos.
Al asentir Jesús, los espíritus inmundos salieron del hombre y entraron en los cerdos, que se precipitaron al lago por un despeñadero y se ahogaron. Eran como dos mil animales.
Los que cuidaban los cerdos corrieron a dar la noticia en la ciudad y en los campos, y la gente salió a ver lo que había sucedido.
Sin embargo, ustedes enseñan que una persona puede desentenderse de las necesidades de sus padres con la excusa de que ha consagrado a Dios la parte que les iba a dar a ellos. Ustedes afirman que quien dice esto ya no está obligado a ayudar a sus padres. Así, ustedes pisotean la ley de Dios por guardar la tradición humana. Este es sólo un ejemplo de muchos.»
Pidió entonces Jesús la atención de la multitud y dijo:
—Escúchenme bien y entiendan: Lo que daña a una persona no es lo que viene de afuera. Más bien, lo que sale de la persona es lo que la contamina.
La fe de una mujer sirofenicia
Jesús se fue de allí a la región de Tiro. Entró a una casa y deseaba que nadie supiera su paradero. Pero no lo logró, pues pronto supo de él una mujer, cuya hija estaba endemoniada. Postrada a sus pies, la mujer le suplicó que liberara a su hija del poder de los demonios.
La mujer era griega, pero de nacionalidad sirofenicia.
—Primero se tiene que alimentar a los hijos —le respondió Jesús—. No es correcto que uno le quite el alimento a los hijos y lo eche a los perros.
—Cierto, Señor, pero aun los perrillos comen bajo la mesa las migajas que caen del plato de los hijos —respondió la mujer.
Entonces dijo Jesús:
—Por haberme contestado así, vete tranquila; el demonio ya salió de tu hija.
Cuando la mujer llegó a la casa, encontró a su hija reposando en la cama. El demonio ya había salido de ella.
Alguien le dijo:
—Maestro, te traía a mi hijo porque tiene un espíritu que no lo deja hablar. Cada vez que el espíritu lo toma, lo arroja al suelo y le hace echar espumarajos por la boca y crujir los dientes; y mi hijo se queda tieso. Pedí a tus discípulos que echaran fuera al espíritu, pero no lo lograron.
—¡Oh generación incrédula! —les respondió Jesús—. ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo he de soportarlos? Traigan acá al muchacho.
Así lo hicieron, pero cuando el espíritu vio a Jesús, sacudió al muchacho con tal violencia que este cayó al suelo, se revolcó y echó espumarajos por la boca.
—¿Cuánto tiempo lleva en estas condiciones? —le preguntó Jesús al padre.
—Desde pequeño —contestó—. Muchas veces el espíritu lo arroja en el fuego o en el agua, tratando de matarlo. Por favor, si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos.
—¿Que si puedo? —dijo Jesús—. Cualquier cosa es posible si crees.
Al instante el padre exclamó:
—Creo; pero ayúdame a no dudar.
Cuando Jesús vio que el gentío se agolpaba, reprendió al espíritu impuro con estas palabras:
—Espíritu mudo y sordo, te ordeno que salgas de este muchacho y que no entres más en él.
El espíritu gritó, sacudió violentamente al muchacho, y salió de él. El muchacho quedó inmóvil como si estuviera muerto. Por eso, muchos decían:
—¡Está muerto!
Pero Jesús lo tomó de la mano, y con su ayuda el muchacho se puso de pie.
Jesús sana a muchos enfermos
Al salir Jesús de la sinagoga se fue a la casa de Simón. La suegra de este estaba enferma y con fiebre muy alta, y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella.
Él se inclinó sobre ella y ordenó que la fiebre se le quitara, y se le quitó. Ella en seguida se levantó y comenzó a servirles.
Al bajar Jesús de la barca, un endemoniado que venía del pueblo le salió al encuentro. Este hombre desde hacía mucho tiempo andaba desnudo y no vivía en una casa sino en los sepulcros. Cuando vio a Jesús, lanzó un grito y cayó de rodillas ante él. Entonces dijo a gran voz:
—¿Qué quieres conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te ruego que no me atormentes!
Decía eso porque Jesús le había ordenado al espíritu maligno que saliera del hombre. Ese espíritu se había apoderado de él muchas veces. Al hombre le ponían cadenas en los pies y en las manos para sujetarlo, y lo mantenían vigilado, pero él rompía las cadenas y el demonio lo hacía huir a lugares solitarios.
Jesús le preguntó:
—¿Cómo te llamas?
Respondió:
—Legión.
Así contestó porque habían entrado en él muchos demonios. Estos le suplicaban que no los mandara al abismo.
Como había en la colina muchos cerdos comiendo, los demonios le rogaron a Jesús que los dejara entrar en ellos. Y él les dio permiso. Cuando los demonios salieron del hombre, entraron en los cerdos. Y todos los cerdos corrieron hacia el lago por el despeñadero y se ahogaron.
Los que cuidaban a los cerdos vieron lo que pasó y se fueron a llevar la noticia al pueblo y por los campos. La gente salió a ver lo que había pasado. Al llegar, encontraron a Jesús y, sentado a sus pies, al hombre del que habían salido los demonios. Cuando lo vieron vestido y en su sano juicio, se llenaron de miedo.
Les aseguro que algunos de los que están aquí no morirán sin antes haber visto el reino de Dios.
La transfiguración
Más o menos ocho días después de haber dicho esto, Jesús, acompañado de Pedro, Juan y Jacobo, subió a una montaña para orar. Mientras oraba, su cara cambió y su ropa se volvió blanca y brillante. Entonces aparecieron dos hombres: eran Moisés y Elías que conversaban con Jesús. Estaban rodeados de gloria, y hablaban de la partida de Jesús, que iba a ocurrir en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se habían quedado dormidos, rendidos por el cansancio. Pero cuando se despertaron, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos hombres se alejaban de Jesús, Pedro le dijo:
—Maestro, ¡qué bueno que estemos aquí! Podemos construir tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Pero él no sabía lo que decía.
De entre toda esa gente, un hombre le dijo:
—Maestro, te ruego que ayudes a mi hijo, pues es el único que tengo. Un espíritu se apodera de él y, de repente, hace gritar al muchacho. También lo sacude con violencia y hace que eche espuma por la boca. Cuando por fin lo suelta, lo deja todo lastimado.
Les rogué a tus discípulos que echaran fuera al espíritu, pero no pudieron.
Respondió Jesús:
—¡Oh, gente falta de fe y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes y soportarlos? Trae acá a tu hijo.
Cuando el muchacho se acercaba, el demonio lo derribó e hizo que temblara con violencia. Pero Jesús reprendió al espíritu maligno, sanó al muchacho y se lo devolvió a su padre. Todos quedaron asombrados ante la grandeza de Dios.
Y mientras la gente seguía tan asombrada por todo lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos:
Jesús y Beelzebú
En cierta ocasión cuando Jesús estaba echando fuera de un hombre a un demonio que lo había dejado mudo, al salir el demonio el mudo empezó a hablar. La gente se quedó asombrada por esto;
Y uno de ellos le cortó la oreja derecha al sirviente del jefe de los sacerdotes.
Jesús les ordenó:
—¡Basta ya, déjenlos!
Entonces tocó la oreja del hombre y lo sanó.
Cuando se fueron los discípulos de Juan, Jesús comenzó a hablarle a la gente acerca de Juan: «Ustedes, ¿qué salieron a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Y si no, ¿qué salieron a ver? ¿A un hombre vestido con ropa lujosa? No, pues los que visten ropas lujosas y viven en placeres están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿qué salieron a ver? ¿A un profeta? Sí, y a alguien que es más que profeta. Él es de quien la Escritura dice: "Voy a enviar mi mensajero delante de ti, él te preparará el camino". Les digo que entre todos los hombres no hay otro más grande que Juan. Sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él».
Todo el pueblo, hasta los que cobraban impuestos, al oír esto reconocieron que lo que Dios pide es justo e hicieron que Juan los bautizara. Pero los fariseos y los maestros de la ley no quisieron que Juan los bautizara, y de esta manera rechazaron el propósito que Dios tenía para ellos.