1»Pero tú, dedica a los jefes de Israel este lamento:
2"Israel era como una leona:vivía entre los leonesy cuidaba de sus cachorros.
10"Israelitas,nuestra nación parecía una viden medio de un viñedo;estaba plantada junto al agua,y era tanta el agua que teníaque estaba llena de uvas y ramas.
18A ese lugar le envió el rey Hiram, por medio de sus servidores, barcos con muy buenos marineros. Estos hombres fueron a la región de Ofir junto con los servidores de Salomón, y de allí le llevaron a Salomón quince mil kilos de oro.
2»Antes de entrar en batalla, el sacerdote le dirá a nuestro ejército:
4Nuestro Dios peleará por nosotros, y nos dará la victoria".
13,14»Cuando Dios les haya dado la victoria sobre ellos, matarán ustedes a todos los hombres, pero dejarán con vida a las mujeres, a los niños y a los animales. Así ellos serán sus esclavos, y todo lo que encuentren en la ciudad será para ustedes.
8»Al saber esto, el patrón felicitó al empleado deshonesto por ser tan astuto. Y es que, para atender sus propios negocios, la gente de este mundo es más astuta que los hijos de Dios.
9»Por eso a ustedes, que son mis discípulos, yo les aconsejo que usen el dinero obtenido en forma deshonesta para ganar amigos. Así, cuando se les acabe ese dinero, Dios los recibirá en el cielo.
16»Hasta la época de Juan el Bautista, la gente ha tenido que obedecer la Ley y la enseñanza de los Profetas. Desde entonces, se anuncian las buenas noticias del reino de Dios, y todos luchan por entrar en él.
6Como los israelitas anduvieron cuarenta años por el desierto, ya habían muerto todos los adultos que habían salido de Egipto. Esa gente había desobedecido a Dios, y por eso, él juró que no les dejaría ver la fértil tierra que había prometido dar a sus antepasados, donde siempre hay abundancia de alimentos.
13Cierto día, cuando todavía estaban acampando cerca de Jericó, Josué vio de pie, delante de él, a un hombre con una espada en la mano. Josué se acercó y le preguntó:—¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?
14—Ni lo uno ni lo otro —respondió el hombre—. Yo soy el jefe del ejército de Dios. Y aquí me tienes.Josué cayó de rodillas, y con gran reverencia se inclinó hasta el suelo y le dijo:—Estoy a tus órdenes. Haré cualquier cosa que me pidas.
15El jefe del ejército de Dios le dijo entonces a Josué:—Quítate las sandalias, porque estás pisando un lugar santo.Y Josué se descalzó.